miércoles, 29 de julio de 2015

RECUERDO DE HACE 19 AÑOS


 El Camino de Santiago cada día nos muestra una nueva faceta que representa las múltiples formas de vivir de cada peregrino que le han motivado por una causa que cree merece la pena.

Kike y Begoña, peregrinos de Albacete, me dejaron esta nota explicativa de su viaje: 
“Hace 19 años hicieron este mismo Camino como viaje de novios. Después de tantos años quieren repetirlo con la misma ilusión pero con más sacrificio. La vida es un camino que no podemos dejar de andar, y ese Camino nos hace grandes. ¡Ah y viva el Papa Francisco el guía!”
Que gran lección de amor la de este matrimonio de Albacete que tras 19 años de matrimonio repetían el Camino hoy con las mismas ganas de vivirlo juntos. 
Dos etapas de su vida que como puso Begoña en el libro le sirvieron para acrecentar su amor de pareja como evidenciaron dándose un efusivo beso cuando Kike  leyó el deseo de su mujer para que le durara toda la vida.


En unos recortes de periódico me mostraron como un gran tesoro dos fotos de su primera peregrinación de la que saqué dos fotos que acompaño.
Que tremenda facultad de recuerdo tenemos los seres humanos para sentir emoción ante la más pequeña fotografía que nos muestra algún momento entrañable hasta el punto de removernos en lo más íntimo como si acabara de suceder lo que la foto recuerda.

Después de refrescarse un poco del tremendo calor que padecemos me dejaron su foto y marcharon decididos a hacer este segundo viaje aún sabiendo que les va a costar más que el primero.

Poco después pasó una madre con dos hijas mellizas. Procuré con ellas enseñarlas los detalles de la iglesia y, por las recomendaciones que las hacía, se adivinaba a una madre muy preocupada por mitigar las corrientes modernas que imperan ahora en la juventud, aconsejándolas que fueran más practicantes de lo que su madre había aprendido de sus mayores.

Les hacía mucha ilusión ver su foto en Internet y que por su simpatía merecen ver. 

viernes, 24 de julio de 2015

IMPRESIONES DE LA COSECHA 2015



A pesar de haber llovido poco, la cosecha obtenida ha sido mejor de lo que se esperaba, pues parece un milagro que con las escasas precipitaciones se haya llegado a cerrar el ciclo normalmente.
La cebada ha tenido un rendimiento acaso un poco más de lo normal, ya que los calores de primeros de Mayo, al estar ya casi granada, apenas la afectaron, no así al trigo que estaba más tardío, sufriendo en su granazón.


Además de esta circunstancia sufrió el ataque de la roya que debilitó a la planta teniendo que tratarlo de urgencia, con el consiguiente daño de las rodadas, que al estar ya casi granando no pudieron recuperarse.
Este grave problema de los hongos y malas hierbas parece que va en aumento, no sé si por hacerse las plagas resistentes al tratamiento, o porque los productos tienen cada vez menos efectividad, teniendo que casi doblar la dosis que marca el prospecto si se quiere lograr el resultado apetecible.
Al ser estos productos bastante caros, si hay que tratar la mayoría  de lo sembrado, se lleva una parte del resultado económico de la explotación.



Se puede decir que en estas fechas la cosecha de cereales está ya recogida faltando el empaque de la paja que se ha hecho obligatorio si se quiere laborear la tierra pronto, pues quemarlo está prohibido, y más con la ola extraordinaria de calor que este año estamos padeciendo.
Una buena parte del terreno labrado se siembra de vezas, girasol, alfalfa y este año como ensayo el cártamo.




Estas sementeras de primavera también se están logrando normalmente, a pesar de lo poco que lluvió pero muy oportuno pues hizo que la nascencia fuera buena y la floración y posterior granazón pueden ser buenas, a poco que merme el calor y acompañen circunstancias normales en su desarrollo.

En estos días de la floración del girasol el campo cambia de aspecto pues el intenso color amarillo contrasta con el pardo del rastrojo del cereal y el verde intenso de las pocas viñas que van quedando.

Aprovechando esta variedad de matices los peregrinos aprovechan para hacer fotografías que ufanos llevan para sus países, preguntando por el nombre de este cultivo tan vistoso. 

En mi paseo encontré a una peregrina alemana que quería sacarse una foto con este maravilloso fondo, la ayudé e intercambiamos nuestras fotos.



Ya llevamos unos años en que el cultivo del girasol se está adaptando en esta zona logrando unos buenos resultados ya sea por las buenas labores que se le da o por la adaptación del terreno.
En un viaje que hice a Palencia pude comprobar que este cultivo está muy extendido, pero son pocas las parcelas que se puedan comparar con el óptimo desarrollo y buen nacimiento de las de aquí.
Esta particularidad de nuestra tierra debemos aprovecharla, pues a pesar de lo que se decía cuando se empezó a sembrar girasol que era una planta esquilmante, la realidad ha demostrado que no lo es, pues su abundante raíz y fuerte tallo al pudrirse en la tierra se convierte en abono vegetal que aumenta la riqueza del suelo consiguiéndose con su alternancia rendimientos iguales al barbecho.

Otro tanto a favor del girasol es que hasta ahora no tiene ninguna plaga que lo ataque, pues muy pocas son las plantas que se libran de alguna enfermedad con el engorroso tratamiento y gasto que esto supone.
Este comportamiento del girasol me recuerda el tiempo en que era labrador y el cultivo de las lentejas tenía unos rendimientos superiores a otras zonas más cerealistas. Según confesión de unos amigos labradores que tengo en Villalcón los mil kilos de producción media por hectárea allí eran inalcanzables.

En cambio aquí se lograban la mayoría de los años a poco que lloviera y la planta pudiera alcanzar la altura de una cuarta para que la siega con guadañadora pudira recoger las muchas y bien granadas vainas que este clima producía.
Con triste añoranza recuerdo el último año que sembré lentejas y que se malograron por que el año antes habíamos empezado a tirar herbicidas, cuyos residuos no degradables fueron la sentencia de muerte de este cultivo tan rentable en esta zona que algunos años competía con los de los cereales.
Acaso pueda parecer una ilusión irrealizable pero en vista de que las leguminosas para pienso animal llamada veza se defiende bastante bien de los residuos de los herbicidas, se podía intentar por los laboratorios un antídoto parecido al que tiene la veza que se pudiera usar para la defensa de la lenteja, pues las dos son leguminosas

viernes, 10 de julio de 2015

APERTURA DE LA IGLESIA DE MORATINOS: VERANO 2015



Parece que esta temporada la hemos comenzado con buen pie, pues nada más abrir llegó un peregrino que pudiéramos llamar honorífico del Camino  Santiago, porque nada menos lo ha hecho en treinta ocasiones.
Con que orgullo lo atestiguaba en las tarjetas que recordaban su trigésimo aniversario con el nombre de “ El peregrino de la RIOJA “PEPE”, con su nombre, dirección postal y teléfono de Logroño.
De trato muy afable, como buen veterano del Camino, lleva sobre sus hombros una pequeña bolsa con lo más imprescindible, ya que lo mayor de su equipaje se lo llevan de un hotel a otro según convenga al peregrino.


Con este fin se ha montado un espacio cada vez más próspero que evita, según propia confesión, el mayor sacrificio del Camino que es cargar sobre los hombros los treinta o cuarenta kilos de mochila que todo peregrino normal necesita como saco de dormir, ropa personal y una esterilla para descansar en caso de emergencia en cualquier sitio.
Esto normalmente no se da, pues todo el Camino esta tachonado de albergues, hostales y hoteles que según el nivel económico puede servir para pasar la noche.
Estos peregrinos tan reincidentes  según confesión del riojano Pepe empezaron por hacer lo más difícil como hacerlo cargado con la mochila y en casos extremos haber dormido en un cementerio. 
Con el paso de los años el gusanillo de hacer el Camino les lleva a  hacerlo con más comodidad adaptándose a la falta de facultades físicas que la edad trae consigo.
Cada vez se dan más casos de estos repetidores del Camino que toman esto como una escapatoria anual que tienen que hacer en lugar de otras excursiones más modernas y complicadas.
No quiero con esto restar méritos a los sufridos peregrinos que, según cuentan, encuentran en él una satisfacción íntima y un duende especial que es lo que más atrae a muchos a hacerlo, sin encontrar muchas veces la causa material que lo explique.


A estos veteranos del Camino les gusta llevar algún distintivo que les haga especiales, como el nuestro riojano Pepe, que llevaba un cayado más alto que el habitual con la clásica calabaza y la concha de la vieira, rematado con un artístico ramo de flores rojas acompañado del oloroso tomillo que sale a la orilla del camino.




También me dedicó un corto verso que traía impreso en una de sus tarjetas y yo se lo compensé con otro más amplio de mi cosecha.
También Pepe, este peregrino tan especial, quiso ser generoso y nos regaló un trabajo de marquetería fina consistente en la cáscara de una nuez serrada con mucho pulso pues su parte inferior se trasforma en una cesta y la otra mitad superior convenientemente afinada hace de una asa muy artística.






Dentro de esta mini cesta aparece la silueta de estar llena de alubias muy típicas de su región, blancas con una pinta negra por lo que en unas zonas se las llama blanca y negra y en otras moros y cristianos.
Pasaron también dos peregrinas más: una de Galicia y otra extranjera, muy tratables sacándonos unas fotos con su báculo tan especial. 
Al tratar de arreglar el movido de las mías, pues mi pulso ya no me acompaña, las perdí, y he tratado de suplirlas con las fotos de sus tarjetas y el regalo de la cestita.
Cambiamos unas pequeñas impresiones pues tienen prisa por aprovechar el fresco de la mañana y poder librarse del fuerte calor que nos acompaña ya unos días.                  

martes, 7 de julio de 2015

LOS POZOS DE LOS PUEBLOS


Por ser el agua un elemento poco abundante en esta zona, desde siempre, se ha sabido aprovechar los recursos que la naturaleza nos proporciona.
 Quisiera detallar algunas momentos  que recuerdo sobre los pozos en las casas de los pueblos. 


Es acaso el procedimiento más antiguo que se conoce, pues ya en el Antiguo Testamento se hace mención a ellos.
Por estar situados en zonas muy secas, serían, sin duda, muy apreciados y cuidados por depender de ellos la supervivencia de sus habitantes y ganados.
  


Por estos pueblos no había casa labradora que no tuviera al menos uno y como muestra de la mayor solidaridad existente, para hacerle menos costoso y con más perfección y profundidad se hacía en el medio de la pared medianera, con dos portezuelas a cada lado por donde se sacaba el agua para las dos casas.


Hasta que no me tocó bajar a uno para “mondarle” no aprecié lo bien construidos que están y el sin número de objetos que con el paso de los años van a parar a ellos.
  Como el medianero del pozo nuestro era tío Guillermo, él con su experiencia me aconsejó que defendiera mi cabeza con un orinal de los que se usaban en los dormitorios cuando no había cuartos de baño. Con el refuerzo de latón de que estaban hechos y la mullida de la gorra, la parte más sensible, que es la cabeza, quedaba protegida de la posible caída de algún caldero, piedras y cacharros.
  


Una vez agotado el agua y provisto de unas buenas botas, bajé al fondo del pozo y empecé a llenar calderos de lodo que mi tío con la ayuda de una polea, subía para arriba, con tal pericia que apenas cayó nada sobre mí.
  Con los cacharros y utensilios que encontré entre el lodo, casi se puede reconstruir la vida y costumbres de generaciones pasadas, según los diferentes materiales y formas de los mismos.
  
Salieron primero los calderos de cinc que no habían podido ser recuperados por los ganchos de tres púas, especiales para este menester. Algunos de estos ganchos estaban clavados en el hueco de las peñas, con las que estaba encascado el pozo.
  


También salían muchos utensilios de cocina como cucharas, tenedores, platos, sartenes, cazos y espumaderas. En cuestión de juguetes también había mucha variedad, desde los de latón, goma y cartón piedra, a los de hierro fundido, barro cocido he incluso alguno labrado con esmero por algún pastor o aficionado a la talla. Por su buena conservación durante muchos años eran de madera durísima de roble adquirida por el crecimiento muy lenta de esta planta.
  Según iba ahondando el procedimiento de sacar agua iba variando. Del caldero tradicional se pasó a unos recipientes de barro cocido, como los que yo conocí para medir el vino, en forma de tinaja con un asa fuerte a la que se ataba la soga para elevarles. Esta se rompía por la acción del agua y el uso continuado, quedando sepultados entre el lodo. Por ser este recipiente más pesado y de formas más lisas, los ganchos perdían toda su efectividad.
  Al ir ondeando casi cinco metros, el diámetro del pozo iba disminuyendo hasta llegar al cimiento, que consistía en una sola piedra redondeada, sobre la cual estaba apoyado todo el encascado.
  Este, visto desde abajo, daba la sensación de estar dentro de una tinaja, estrecha abajo, ancha en el medio para hacer más depósito del agua disponible, estrechando arriba para que el brocal no tuviera más diámetro que un medio metro, anchura que tenía la pared medianera.
  

En algún pueblo que era más difícil la captación de agua en cada casa, había un pozo comunal ubicado generalmente en la plaza, a la que acudían todos los vecinos provistos de la correspondiente soga y caldero.    


sábado, 27 de junio de 2015

LA MILI



Aproximadamente un año después de entrar en quinta te llamaban para cumplir el servicio militar. Con antelación se celebraba un sorteo para designar a los que iban a África. 
Tuve suerte y me tocó a España, no así a un quinto compañero del pueblo que fue a África. Acompañado por este fuimos a presenciar el sorteo a la caja de reclutas de Palencia y nos pudimos dar cuenta en el tren de los muchos reclutas que entonces salían de Paredes, que eran más que los de Palencia, y apoyados en su mayoría se hacían destacar por sus gamberradas tanto en el tren como en Palencia.

El sorteo se efectuaba con el bombo y las bolas en orden alfabético con los nombres de cada uno. Nosotros comprobamos nuestros nombres en las listas y dimos vueltas al bombo con las bolas como otros muchos invitados por la mesa. Se sacaba sólo un número que hacía de primero para África y a continuación seguían los demás hasta completar el cupo.
Mis queridos padres, para que me dieran un buen destino, buscaron amistades por todas partes y en esta ocasión la de un brigada hijo del pueblo, que estaba en la caja de reclutas de Palencia. No sé si con su recomendación o sin ella me mandaron a un grupo de Intendencia en Burgos.
El día de la marcha me entretuve con este brigada y otro conocido del pueblo y cuando llegamos a la estación ya había arrancado el tren de nuestra expedición. Tuve que coger un tren de viajeros hasta Venta de Baños donde, según el brigada tenían previsto darnos la cena. Incorporado a mi expedición, ya de noche, nos metieron en un vagón en los que se transportaba el ganado, que si abrías la puerta te congelabas y si la cerrabas te asfixiabas en la más completa oscuridad.
De esta guisa llegamos a Burgos, cargados con las maletas entramos en formación en el patio del cuartel, desde donde se nos distribuyó a las compañías donde dormimos la primer noche de mili.
A la mañana siguiente pasamos uno a uno por vestuario y nos dieron un montón de ropa militar sin tener en cuenta tallas o medidas. El espectáculo que dábamos en la compañía era digno de verse: a los más altos les habían dado unos pantalones que no les llegaban a las rodillas y a los bajos otros que les arrastraban. Se imponía por tanto el intercambio con el que después de muchas pruebas y arreglos de algún mañoso, quedamos todos regularmente vestidos.
Pasados tres días nos llevaron a Miranda de Ebro para aprender la instrucción en un campamento que había sido campo de concentración de prisioneros durante la guerra.
De los tres meses que pasé en Miranda tengo muy buenos recuerdos, pues la gente es muy abierta y hospitalaria, donde los militares éramos apreciados, quizá debido a nuestra corta estancia.

Miranda es un importante centro de población situado estratégicamente junto al Ebro. Es nudo de líneas ferroviarias pues de él parten los enlaces de todo el Noreste de España con la frontera francesa, Barcelona y Zaragoza y los que van a Vitoria y Bilbao.
Nuestro campamento estaba junto al Ebro y como los servicios sanitarios no estaban lo bien que pudieran desearse, y como normalmente hacía buen tiempo nos dejaban salir al río para asearnos. Afeitarte con el espejo apoyado en una roca a la espléndida luz del sol primaveral y darte un buen chapuzón de medio cuerpo, sin las trabas de un cuarto de baño, era para mi un placer disfrutar de las cristalinas aguas del río. También intenté aprender a nadar con la ayuda de unos amigos de la parte de Saldaña y casi lo logré, pues sólo con el apoyo de un dedo lograba mantenerme a flote, pero como el miedo es libre, no tuve suficiente valor de lanzarme en aguas profundas en las que, según la opinión de mis amigos, lo hubiera conseguido.


En los descansos que hacíamos en la instrucción se acercaban muchas mujeres de clase baja que tenían en nosotros un apoyo de subsistencia, vendiéndonos unos bocadillos de cocina muy bien preparados, limpios y variados con los que reponíamos fuerzas a media mañana.
Por las tardes, que eran libres, también se podía merendar bien en los muchos bares que había. Recuerdo uno particularmente en el que servían unas grandes y muy bien cocinadas raciones de callos a la marinera que quitaban el hipo. Regado todo esto con el vino de la Rioja cercana y amenizado con la juvenil canción de algún recluta aficionado, nos hacía pasar la tarde agradablemente y volvíamos al campamento sin acordarnos del rancho de la cena.  
Como coincidió esto en el mes de Mayo, una tarde al pasar por la puerta de una iglesia se percibían que estaban cantando el ejercicio de las flores. Picados por la curiosidad entramos y como la iglesia estaba llena nos quedamos atrás de pie. Mas cual no sería nuestra sorpresa, que cuando se apercibieron de nuestra presencia varios asistentes, muy amablemente, nos buscaron asientos en los bancos que ellos ocupaban.
Este detalle, os confieso sinceramente, me conmovió pues esto que puede parecer no tener importancia para un recluta con uniforme lejos de su entorno y con la impresión de haber perdido el contacto con el mundo paisano, me hizo volver a la realidad de la vida. Asistimos varias veces a las flores en esta iglesia, tanto por lo bien engalanada que estaba y el buen coro de cantores, como por la inmejorable acogida de la gente con los militares.
Extraño puede parecer este comportamiento a algunos de unos reclutas recién incorporados y la única explicación que puedo darles es que estos grupos de reclutas que se formaban al principio de la mili tenían un fuerte comportamiento gregario y donde iba uno íbamos todos, hasta que con el paso de los días se seleccionaba a los amigos y sus costumbres.
Lo mismo íbamos a las flores que otras tardes a las verbenas, cafés cantantes y a la única casa de “niñas”oficial que había en Miranda, situada a las afueras en una especie de chalé donde había mucha limpieza e inspeccionado el personal  semanalmente por las autoridades sanitarias.
Las prácticas de tiro las hacíamos en un lugar donde se celebraban verbenas populares, un valle paradisíaco rodeado de pequeñas montañas cubierta de exuberante vegetación, cuyo fondo muy cuidado estaba tamizado por abundante hierba. Este lugar tan hermoso para un habitante de la meseta como yo me parecía profanarle con las prácticas de tiro que si las autoridades lo permitían era por ser un lugar idóneo para ello ya que poniendo las dianas sobre la pared rocosa se evitaba cualquier peligro.
Lo pasábamos muy bien los que no teníamos problemas para disparar, no así los nerviosos que no se atrevían y para hacerles perder el miedo les daban balas de fogueo para que se entrenaran. En este aspecto no tenía dificultad ya que el primer cargador que disparé de las cinco balas metí tres en la misma diana, figurando desde entonces en mi cartilla militar como tirador de primera.

Una vez fuimos de excursión a un pueblecito de la Rioja alavesa rodeado de unas excelentes y bien cuidadas viñas de las que lograban un vino tan excelente que muchos aficionados a la bebida les hizo coger una media curda.
Como despedida de los tres meses de instrucción, convertidos en perfectos soldados, desfilamos en formación de nueve en fondo por la principal calle de Miranda. Fue un acto muy emotivo en su parte positiva recibiendo los grandes aplausos de despedida que nos prodigaban mucha gente congregada en la calle, en lo negativo ver llorando a las pobres mujeres las que con nuestra partida se las terminaba la fuente de ingresos vendiéndonos bocadillos.


             
                                              EN BURGOS...





Con nuestra llegada cambió diametralmente el panorama en lo que respecta el aprecio del militar, ya que la gente estaba harta de su presencia masiva en las calles a las horas de paseo. Este comportamiento puede considerarse casi normal en una ciudad, que como Capitanía general, se concentraban casi todos los cuerpos del ejército con su secuela de veteranos, muy caras y prepotentes que con su comportamiento machista eran el terror de las chicas.
Recuerdo la primera guardia que hice en la puerta principal de la agrupación de intendencia donde pasé la mili. Mi aspecto no debía de ser muy aguerrido con el casco en el cogote porque me molestaba, la guerrera mal ajustada por la falta de uso y un sin fin de detalles que denotaban la poca experiencia del nuevo centinela.
Luego comprendí que aquello no iba conmigo pues estar toda la noche levantándote a intervalos para ocupar los puestos de guardia me era más molesto que estar sin dormir acarreando en el pueblo.
Un paisano veterano me propuso entrar en la oficina de la compañía con la aprobación del brigada jefe. 



Como no sabía escribir a máquina, empecé extractando los oficios en los libros de salidas y archivando los duplicados. Con esto ya me libré de prestar servicio, he hice los primeros pinitos escribiendo a máquina los rutinarios oficios que siempre dicen lo mismo y te cansan enseguida. 
Para uno como yo acostumbrado a los espacios abiertos del campo, las cuatro paredes de la oficina se me venían encima y opté por otro destino.
Al licenciarse un chico que estaba en el almacén de víveres del economato dependiente de la misma oficina antes citada, pedí al brigada que me pusiera en su lugar. De la noche a la mañana me vi convertido en dependiente de ultramarinos, peleando con las mujeres de los sargentos, que en aquellos tiempos de escasez, trataban siempre de lucrarse agrandando el vale del racionamiento que les daba aquel economato.



Como en la mili el que no roba es tonto, estas buenas señoras siempre iban provistas de esas botellas de anís del mono que seleccionaban muy bien para que todas hicieran más del litro. Nosotros mediamos el aceite con una bomba aspirante de vaso y aunque la llenaras a tope nunca se llenaban las dichosas botellas y ya podías discutir con ellas lo que quisieras, que siempre acababas dándolas un chorretón a mayores. Con el peso del arroz, azúcar, harina, café y otros alimentos que venían a granel, nos pasaba casi igual, nuestro jefe el brigada nos decía que teníamos que ser duros con ellas, pero cuando teníamos muchos clientes bajaba él para ayudarnos y tampoco era capaz de imponerse y le pasaba igual que a nosotros.
Hasta que no te ves tras un mostrador despachando a los clientes, no te das cuenta lo difícil que es contentar a todos, desde entonces admiro a los buenos comerciantes que derrochando amabilidad y fino tacto son capaces de atraer a la clientela.
Para que los vales de salida cuadraran con los de entrada teníamos que enjugar el desfase con lo que quitábamos en los vales del suministro a la cocina de la tropa, para lo cual el mismo brigada nos daba instrucciones para hacerlo. En la medida del aceite no debíamos de subir el émbolo hasta el tope y en la báscula de pesar al por mayor nos sacaba un apoyo en la palanca inferior de manera que si marcaba cien kilos no llevaban más de ochenta.
Esta maldita cadena de robos era consustancial en todos los estamentos militares y era progresiva cuanto más alto fuera el nivel del funcionario con quien trataras. Cuando nosotros íbamos a reponer suministro al depósito central de intendencia, a pesar de la advertencia del jefe que iba con nosotros para que estuviésemos atentos, siempre nos la mangaban con las más diversas tretas.
Como anécdota os contaré que suministrando cebada para los mulos del cuartel, para llenar los sacos teníamos que previamente picar la cebada con una horca para que cayera de lo alto de un muro que se hacía la cebada al hincharse con la mucha agua que la echaban.
Extrañado por aquel estado de la cebada, comenté con los compañeros:
- Esto parece el muro de las lamentaciones.- 
Alertado por las risas de todos, acudió un sargento que muy serio me dice:
- Usted no sabe nada de cebada pues está tan seca como se produce.-
Si esto se lo hubiera dicho algún chico de ciudad ignorante de estas cosas podría pasar por verídico, pero que se lo diga a uno que le salieron los dientes atropando espigas de cebada y durmiendo alguna vez sobre su grano seco, tiene bemoles. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no contestarle pues hubiera faltado a la disciplina militar, que siempre había que aceptar aunque fuese a regañadientes.
Otro aspecto de la corrupción y peloteo lo demostraba que a los encargados del economato nos daban de comer gratis en una residencia de suboficiales de todo Burgos que había en el cuartel, sólo por que les diéramos los suministros con largueza, aunque fuera a costa del pobre soldado que es quién siempre acaba pagando los platos rotos.
Como estas labores de sisa requerían un cierto entrenamiento, al brigada no le hablaras de permisos y para lograr alguno, especialmente durante la siega, mis padres mandaban regalos para conseguirlo.
En vista de que estos regalos eran agradecidos pero inútiles, pues cuando llegaban aquí resultaban incomestibles, determiné dejar este buen puesto y pasar a asistente de comandante del grupo que para que no le faltara asistencia tenía a dos soldados con este fin que se alternaban los permisos cada mes, con lo que pasé a estar un mes en casa y otro en la mili.
Además de esta ventaja, que para mis padres era fundamental, pasé a disfrutar de una amplia libertad de entrar y salir del cuartel a cualquier hora, con la excusa de las hipotéticas llamadas del jefe. Llevarle la leche por la mañana y el pan al mediodía eran las obligaciones principales que tenía diariamente y cada mes el suministro del economato.
Mención especial merece contaros que el recipiente donde llevaba la leche era una especie de herbidera de aluminio con tapa, que para facilitar su traslado la habían puesto un asa de cuerda. Este cacharro, por su rareza, era muy conocido en el cuartel hasta por los oficiales de guardia, circunstancia que yo aprovechaba para salir y como casi siempre iba vacía, la guardaba entre las abundantes junqueras que crecían en el río Arlanzón que pasa junto al cuartel.
Con esta treta tenía libre toda la tarde-noche para disfrutar de mi afición al cine y como en algunos daban programas triples, asistía a ellos con un buen bocadillo para resistir impávido las tres proyecciones seguidas. 
Todavía recuerdo una que se titulaba : “Miss Cristina Guzmán  profesora de idiomas”que me impactó por relatar las peripecias pasadas por una pobre maestra que se ganaba la vida dando clases de idiomas a domicilio.
El vestir de paisano un militar en Burgos era todo un privilegio, al librarte de las abundantes vigilancias militares que llenaban las calles y espectáculos.
Quiero contaros algo del comandante Ángel Lázaro Guilarte y su familia, del que fui asistente hasta que me licencié. A pesar de su carácter reservado propio de los militares, denotaba una gran cultura y exquisitos modales por lo que se podía deducir que sus ascensos se debían más a los estudios en la academia militar, que a los méritos del escalafón por los años de servicio a los que comúnmente se les llamaba “chusqueros”. Vestía siempre el impecable uniforme militar con botas de medía caña y compensaba su corta estatura con un estiramiento de cuello y espalda que parecía agrandarle, especialmente cuando ejercía de jefe de día.
Como sabe todo aquel que haya estado en la mili, en todo cuartel con mucho personal rebajado de servicio, no se ve junta a la gente más que a la hora de comer, que es cuando más se esmeran en la cocina, por tener que llevar reglamentariamente la prueba del menú al coronel y al jefe de día.
Cuando ejercía como tal, mi comandante entraba en el comedor con aire marcial, con el sable sobre el hombro contestando militarmente a sus subordinados. Ahuecaba la voz de tal manera que no sé de donde podía sacarla, y su fuerte sonido me parecía extraño cuando lo comparaba con el suave murmullo que usaba familiarmente no oyéndole ni el cuello de su camisa.
Estaba casado con una señora de aspecto afable y bondadoso y tenían dos hijas, una de dieciocho años que ya empezaba a “bobear” con los oficialillos de la academia y la pequeña de trece, muy inquieta y vivaracha, que se interesaba en aprender las costumbres de mi pueblo que yo le contaba.
Para atender esta corta familia tenían a dos criadas, una de siempre que hacía de ama de llaves y cocinera y otra, podríamos llamar accidental, contratada como obra de caridad por la señora para que pudiera estar cerca de su marido.
Gran respeto y admiración me producían estas pobres mujeres, que en gran número dejaban a su pueblo y familia por hacer más llevadera la prisión de sus maridos presos en el tristemente conocido penal de Burgos. Mucha gente pasó por él después de la guerra pues casi su única función era retener a los presos políticos, que aunque la mayoría no tenían delitos de sangre, sufrían este castigo por tener ideas contrarias a la dictadura. Estas abnegadas mujeres, muchas de ellas de clase media, no las importaba entrar a servir en cualquier casa, con tal de poder visitar semanalmente a sus maridos y poder llevarles algo de comer estrictamente vigilado y a veces interceptado por la rigurosa vigilancia.
Esta criada de refuerzo me libraba de muchas obligaciones, que según dicen, eran obligación del asistente. Entre ellas limpiar las botas del comandante, cosa que nunca hice y alguna vez la criada me decía: - Mira que nunca limpias las botas del jefe
   - ¿ Cómo voy a hacerlo, la contestaba si cuando vengo las tienes más limpias que los chorros del oro? – Y la decía: - Si alguna vez te empeñas en que lo haga no respondo del resultado :-
¿ No comprendes que teniendo cinco hermanas en el pueblo no he tenido nunca en mi mano un cepillo? .
  •    Con estas amables reflexiones me ganaba su afecto y como buena andaluza la gustaba quejarse, pero la faltaba tiempo para ayudarme en todo. Cierto día que el jardinero de la barriada había podado las cuatro acacias que había en el jardín de la casa, me puse a recoger la leña y partirla en trozos pequeños con un hacha. No sé si por recordar faenas del pueblo o por que estaba de buen humor, me puse a canturrear canciones y entre ellas la misa de Ángelis.
        Como estaba cerca de una ventana, me escucharon la mujer e hijas del jefe, y un poco sorprendidas de que un soldado corriente supiera cantar la misa y me invitaron a que pasara dentro para oírme mejor. Desde aquel día muchas mañanas me dedicaba un rato a enseñar a cantar a las hijas, con el beneplácito de su madre, el variado repertorio de canciones populares.
       Como prueba del trato casi familiar que esta familia me dispensó, os diré que cuando venía el otro asistente del permiso pronto, iba a pedir el mío. Aprovechaba que estuviesen reunidas en el salón la familia y si el jefe ponía alguna pega, su esposa siempre me apoyaba. Cuando él decía que me hicieran en el cuartel el escrito para firmarlo, echaba mano al bolso y le sacaba el permiso que ya había preparado poniéndoselo a la firma, disculpándome por no darme tiempo a coger el tren.
       El primer día que lo hice se me quedó mirando con una sonrisa benevolente como diciendo:- Mira que tiene cara, venir a pedirme permiso y traer ya el pase en el bolso.
      Con la apreciada firma salía disparado al tren y tan malas eran las combinaciones que me costaba una noche entera de peripecias para llegar a casa de madrugada.
       También debo recordar al comandante Molaguero, natural de Moratinos, muy apreciado en Burgos por su carácter sencillo y campechano, que tanto a mí como a los conocidos de estos pueblos procuró siempre ayudarnos cuanto podía. Recuerdo la pequeña terraza de su casa atestada de maletas que le llevábamos al empezar la mili y que recogíamos al licenciarnos. No daba nunca importancia a las muchas molestias que dábamos a su familia y siempre tenía la puerta abierta a todos sus paisanos que agradecidos siempre teníamos con él algún detalle.
       Como había ascendido desde sargento, sabía al dedillo todos los trucos y misterios de la cocina y rancho, por lo que cuando se incorporaban los nuevos reclutas durante los tres meses de instrucción, que era muy fuerte por tratarse del cuerpo de caballería, el coronel del cuartel donde servía le nombraba, fuera de turno, capitán de cocina por lo bien que daba de comer a los soldados, con el mismo dinero que otros colegas suyos no tan duchos en estas materias.

       
                Los recuerdos de la mili
                fueron tema muy manido.
                Si se trata con mesura
                puede ser entretenido.
               
                En Burgos hice la mili
                y en Miranda la instrucción
                pues Burgos fue capital
               de la séptima región

               Parece tiempo perdido
               lo que en ella nos pasamos
               pero muchos soñadores
               con nostalgia recordamos.

              Por aquí, antes de la mili
              casi nadie se casaba
              en cambio después de ella
              esposa pronto se hallaba.

               Muchos mozos de estos pueblos
               que de aquí nunca salieron
               aprovechando la mili
               muchas cosas aprendieron.

               De tanto les sirvió a muchos
               que al pueblo ya no vinieron
               asentando allá sus vidas
               a la capital se fueron.

               Que con la nueva reforma
               en profesión convertida
               sea útil para unos pocos
               y a todos bien nos sirva.