MI ABUELA
NICASIAHay un refrán popular que dice: el que no
conoció a sus abuelas no conoció cosa buena. Y yo tuve la suerte de disfrutar de
las dos, que eran a cual mejor.
Mi abuela materna, Nicasia, mujer muy mañosa,
me enseñó muchas cosas prácticas y útiles en la vida.
Cuando los frutales de
la huerta estaban cuajados de flores y de frutos incipientes, y se presentaba un
amanecer raso con bajas temperaturas, en un balde de cinc preparábamos una
fogata, para que el calor y el humo evitaran la congelación.
El palomar de
palomas zuritas, que aquí llamamos bravas,procurábamos defenderlo de los muchos
enemigos que tiene. Los tordos,proliferan de tal forma que podían acabar con
ellas, por lo que en época de cría me subía al tejado y casi en cada teja
quitaba un nido,que tiraba al suelo. Mi abuela, provista de un gran escriño, los
iba recogiendo y rematando, si alguno no moría al arrojarlos contra el
suelo.
En la lucha contra gatos y otras alimañas, daba también muestras de su
inventiva. Además de poner unas chapas en las equinas del palomar para
dificultar la escalada por fuera, sobre el que colocaba una chapa sustentada por
una palanca exterior, de cuyo extremo,colgado de un alambre, ponía un trozo de
carne, en el lado opuesto de la entrada. Cuando los gatos, viendo por el agujero
el cebo, entraban para comerlo en el cajón, activaban como un gatillo que
cerraba la puerta y quedaban así atrapados. Un saco puesto a la entrada recogía
al felino, y un buen garrotazo acababa con sus correrías.
Cuando maduraba la
uva, era costumbre ir a guardarla hasta la vendimia. Para ello había en la viña
una caseta, que servía para defenderse lo mismo del calor que del frío, y para
cocinar en un rincón una comida caliente. Para que el tiempo se la hiciera más
corto, le acompañaba yo muchas veces y lo pasábamos bien. Los primeros días
cortábamos unas hermosas tomillas, con las que cubríamos el suelo de la
caseta,logrando un mullido asiento, confortable como un diván y con un agradable
y fuerte olor.
En
este ambiente, tan propicio para la lectura, mi abuela siempre tenía a mano
el Promotor, revista
mensual para fomento de la devoción a la Sagrada Familia, en la que se
publicaban historietas no exentas de gracia, que en aquella época gustaban
mucho. Las doce publicaciones de cada año las cosía con un
caudillo y logró en unos años una colección que ofrecía orgullosa a sus
convecinos. La lectura de la conocida novela Genoveva de
Brabante, que leyó varias veces, le producía un gran llanto. Yo le
preguntaba : -¿Por qué llora, abuela? Ella respondía:-¿No he de llorar? ¡Con lo
buena que es esa santa y lo malo que es Golo¡-Y tanto mal le hizo?-¡Mucho¡.
Cuando marchó su marido a la guerra, Golo, por no acceder asus pretensiones
amorosas, la encerró en un calabozo y en él dio a luz a Tristán, hijo del
marqués. -¿Cómo le puso un nombre tan raro?-le preguntaba ,-Un niño que tiene
que nacer en un triste calabozo, no puede llevar otro nombre-me contestaba. En
este tono lastimero me contaba toda la emotiva novela, que casi aprendí de
memoria.
Para
satisfacer mi curiosidad por las cosas de la naturaleza, iba a un lugar cerca
del majuelo, en el que se levantaban unos grandes albarones y zarzas, que
servían de refugio a las muchas
perdices que entonces había. Una vez, estando contemplando los
laberintos que estas aves forman entre la maleza, un milano real, que es la
rapaz más común en esta zona, planeaba majestuoso buscando sus presas favoritas.
Alertadas por el peligro, una bandada de hermosas patirrojas intentaba alcanzar
el albarón donde yo estaba: y, presas del pánico, casi chocan contra
mi.Desconcertadas por la sorpresa, pude contemplarlas muy de cerca,admirando su
hermoso plumaje y gran potencia de vuelo, complementadapor su rápida carrera en
tierra.
El
campo de Sahagún estaba entonces mal labrado y crecían en él gran cantidad de
plantas silvestres. Del espino andrinero, a la sazón lleno de sus pequeños
frutos negro-azulados, muy ásperos al paladar,se elaboraba modernamente el
pacháran. También crecía la zarzamora en sus dos clases: la rastrera, de fruto
blando y muy dulce, y la trepadora, de fruto más duro y diferente sabor. El albarón o majoletar,
ya citado, es el que más altura alcanza de todos los nombrados, por lo cual era
usado tanto como para librarse de la lluvia como para buscar una buena
sombra.
Cuando
sus
majoletos maduran, toman un color rojo intenso, que
contrasta con el verde oscuro de las hojas, por lo que se ha convertido en
planta decorativa de jardines. Era tal su abundancia, que en los tiempos de la
guerra los panaderos de Sahagún los usaban para alimentar sus hornos. La zarza,
de porte más bajo y con curvas espinas, se defiende mejor que el albarón del
embate de los rebaños. A sus frutos,bastante grandes y llenos de peludas
semillas, le llamábamos tapaculos. Eran apetecidos por las ovejas, que a veces
quedaban enzarzadas al tratar de comerlos. No era raro ver alguna oveja presa e
inmovilizada por las púas clavadas en la lana; y, si el pastor no se daba cuenta
pronto, corría el peligro de que al día siguiente se encontrara con la sorpresa
de que las pegas habían comenzado a comer su presa por la parte más blanda, es
decir, sus ojos, con lo que el animal quedaba condenado al sacrificio.
Entre
los arbustos menores destacaba la tomilla, que se hacía tan grande que en alguna
ocasión te libraba de algún chaparrón, si sabías situarte adecuadamente. Con tan
exuberante vegetación, no era extraño que abundaran los rebaños de ovejas y la
caza menor, con menos presión de cazadores que actualmente. Era muy abundante,
sobre todo en perdices, liebres y algún conejo. Tras esta digresión botánica, y
cuando más ensimismado estaba curioseando el armonioso conjunto que me ofrecía
la madre naturaleza, oí la voz de mi abuela, que me llamaba desde la caseta para
comer.Cuando llegué, tenía cocinado un buen puchero de arroz con conejo, del que
dimos buena cuenta, sentados sobre el mullido asiento de las tomillas. Como
postre nos tomamos unos racimos de la temprana malvasía, que mi abuela, sin
pisar mucho el
majuelo, había recogido.
A
propósito de no pisar, los guardas y cuidadores de majuelos tenían la costumbre
de no dejar entrar en la viña ni al mismo amo de ella hasta que no se
vendimiara, pues una viña no pisada demostraba que había sido bien cuidada. De
ahí las fatigas mías y de mis hermanas, cuando intentábamos coger unos racimos
en nuestros majuelos.
Se contrataba entonces, como guarda de las viñas del
pueblo, a un señor ya de edad, el tío Periquines, hábil y ducho en estos
menesteres. Montaba su puesto de observación en un alto que dominaba todo el
pago, y para su comodidad levantaba con cuatro palos como una tienda de campaña
y la forraba con tomillas. Colocaba estratégicamente varias de ellas, que se
llamaban cachaperas, y él se situaba en una u otra según el movimiento que viera
de personal y pastores. Cuando pasaba de una a otra, ponía en la que dejaba, con
mucha astucia, una chaqueta vieja y su gorra, que de largo parecía su silueta: y
si te confiabas, creyendo que estaba lejos, se te plantaba de pronto delante y
te dejaba helado.
En nuestro caso, como salíamos del pueblo en grupo, nos
vigilaba de largo y, antes de acercarnos, venía corriendo y silbando como un
condenado, y nos causaba la misma impresión que si nos hubiera pillado
cometiendo un crimen.
Para más inri, le regañaba a mi padre diciéndole que
intentábamos “correrle las uvas.” Ante una estrategia tan perfecta, ideamos
contrarrestarla con otra mejor. Salíamos del pueblo de uno en uno y espaciados,
para no llamarla atención; y por un arroyo que había cerca del majuelo, nos
deslizábamos agazapados hasta las cepas, y a fe que las uvas que comíamos nos
sabían a gloria, aunque no estuvieran maduras sólo por haber burlado la estrecha
vigilancia de que el tío Periquines se jactó en los muchos años que ejerció de
guarda. Mi abuela siguió tan laboriosa hasta el día en que nos dejó,siempre
cuidando sus gallinas y conejos, pues nunca la vi sin
hacer
algo.
MI
ABUELA PATRICIA
De esta abuela paterna guardo también buenos recuerdos, tanto de
cuando vivía en su casa como de los últimos años de su vida, que pasó con
nosotros. Destacaría de ella su amor por la cocina, con lo que lograba que los
alimentos de baja calidad, tras pasar por muchas manipulaciones y largas horas
de fogón, se convirtieran en exquisitos guisos, que compartía encantada con
todos. Siempre me maravilló que una mujer que no sabía leer ni escribir tuviera
tanta agilidad mental y tal facilidad de palabra. Cuando un tema le interesaba,
aunque fuera difícil de tratar, le daba los enfoques necesarios para con mucho
tacto y respeto enterarse de lo que pasaba, estableciendo además una buena
relación con todo el mundo.Cuando le preguntábamos por qué no había aprendido a
leer, decía:- Entonces a las mujeres no nos dejaban ir a la escuela.- Y sus
padres ¿cómo no le enseñaron?- Porque estaban convencidos de que a las mujeres
no les hacía falta aprender esas cosas.Una pena haber nacido en aquella época y
no poder aprovechar sus condiciones naturales. A pesar de ello, se defendía bien
en el manejo de monedas y billetes y hasta en algún breve escrito. Como entonces
no había pensiones de vejez, hacía milagros con la pequeña renta que de sus
tierras le daba mi padre, por lo que también pequeños impuestos que le cobraba
el Estado le sabían muy mal y comentaba airada:-¿ Cómo puede ser que me cobren
de contribución seis duros cada tercio?Cuando la guerra, el alguacil pasaba por
las casas cobrando un impuesto que tenía guasa por su nombrecito: Impuesto semanal del día del plato único y
sin postre.
Mi abuela no pagó nunca un duro, ni el alguacil se atrevía a
pasar por su casa, pues el primer día le quiso explicar de qué se trataba, ella
le despidió con cajas destempladas: -¿No le da vergüenza al alcalde cobrar este
impuesto a una pobre viuda que no puede comer más que un pequeño y único plato
cada día y que no sabe lo que es el postre?
El rechazo fue tan general, tanto en los pueblos como en las
capitales, cuyos restaurantes no se abrían en los días señalados, que quitaron
el tal impuesto al poco tiempo.
En la fiesta del pueblo, mi abuela se sentaba a la puerta de su
casa sobre una silla de anea, luciendo amplios manteos, cuyos pliegues le
llegaban a los pies. Llevaba sobre los hombros una esponjosa toquilla, cuyas
puntas cruzaban su busto y se sujetaban con eleganciaa la cintura. Su rostro,
alga arrugado, denotaba la blancura que debió tener de joven, así como los finos
hilillos rojo-morados de sus mejillas. Sus orejas, con lóbulos rasgados de
arriba a bajo, delataban su coquetería juvenil, al haber usado largos y pesados
pendientes. Sus ojos, de mirada limpia, había conseguido mantenerlos lozanos con
métodos antiguos pero efectivos. Conservaba todavía una abundante cabellera
blanca, que recogía en un trenzado moño bajo la nuca.
Los grupos de mozos y mozas que iban al baile, al pasar por la
calle, casi todos la saludaban; y a los que no, los atraía con una frase
ocurrente. La tía Patricia era una institución en el pueblo y un rito obligado
dirigirle un saludo. Ella correspondía con su amena charla, haciendo pasar un
buen rato al que se le acercaba. Cuando ya se había enterado de los pormenores
de familia y noviazgo, les despedía amablemente deseándoles se divirtieran en la
fiesta lo más posible.
A pesar de su buen carácter, no se dejaba convencer tan fácil
y,si estaba segura de tener razón, se la cantaba al lucero del alba.
Cuando vivía en nuestra casa, fue a visitarla un grupo de
sacerdotesde la zona: D. Ángel, el cura del pueblo; D. Cremencio, sobrino carnal
de ella y que tenía rasgos de carácter parecidos; y D. Florentino,hijo también
del pueblo. Sentados todos alrededor de la mesa,charlaban amigablemente, hasta
que D. Ángel, con el tono impositor de que hacía gala, empezó a contar anécdotas
con las que ella no estaba conforme. Ni corta ni perezosa le dijo:- Mire: no me cuente más
historias, porque es usted un poco mentirosazo.Al oírlo, D.
Cremencio, que era muy campechano, dirigiéndose a nosotros con un gesto
expresivo con su mano abierta, exclamó alarmado:- ¡ Nos mató!Y trató de terminar
la visita. Excuso decir cómo se puso D. Ángel al llamarle mentiroso delante de
unos curas que habían sido sus discípulos. Mi abuela trató de suavizar el
calificativo anteponiéndole“un poco” pero no renunció a expresar su opinión, ni
delante de tres curas, que en aquellos tiempos tanto predicamento tenían ante la
gente.
Le gustaba también visitar a los enfermos, a los que procuraba
entretener, si su enfermedad lo permitía. Con los niños era con los que más se
volcaba. Para
estimularles a tomar las medicinas, las probaba ella, diciéndoles que estaban
muy ricas, aunque fuera aceitede hígado de bacalao, como el
que yo tomé de pequeño que sabía a demonios.
Pero me viene la duda de que si esa costumbre de probar las
medicinas era sólo para animar a los enfermos. Teniendo en cuenta que ella nunca
estuvo enferma, ni tomó siquiera una aspirina, sospecho que lo hacía por la
curiosidad de probar su sabor. Desde siempre la conocí sin un solo diente en la
boca, ni dentadura postiza alguna.
A mí me maravillaba ver que, con sólo las encías endurecidas,
lograba masticar los alimentos. Cuando en la mesa había un trozo de pan miejón,
no tomaba a bien que dijéramos era para ella por no tener dientes. Para
llevarnos la contraria, comía de cantero, como nosotros.
Como pasaban los años y no tuvo ni un pequeño catarro, mi madre
consultó con D. Pepe, médico que tuvimos en el pueblo muchos años,sobre como
actuar en un caso extremo. Con el gran conocimiento que tenía de la salud de
cada uno, no le recomendó sino que procurara se levantara mi abuela todos los
días: y que , si pasaba dos días sin ganas de hacerlo, avisara a la familia,pues
se acercaba el final desenlace.
El pronóstico se cumplió al pie de la letra: y cuando fui a por
elcertificado de defunción , me preguntó D. Pepe si mi abuela había tenido algún
dolor o síntoma externo, para intuir la causa de la muerte. Ante mi respuesta
negativa comentó:-¿ De que pongo que ha muerto?Después de pensarlo un poco,
escribió: “causa de la muerte: debilidad senil.”
Si es cierto el refrán que dice: “no es más rico el que más
tiene,sino el que menos necesita,” mi abuela fue millonaria
por hacerle falta tan poco en los noventa y tres años que disfrutó de vida
tranquila, sin el ajetreo y estrés que actualmente sufrimos. Envidio su suerte,
al no tener en ese trance supremo ningún dolor ni fatiga alguna, muriendo placidamente como
una vela que apaga la sola brisa de la naturaleza, que exige morir a todos los
que hemos nacido.
En honor a ambas
compuse este pequeño poema.
El nombre de mis abuelas
era Nicasia y Patricia
mucho siempre me
enseñaron
para valerme en la
vida.
Mi abuela Nicasia fue
muy hábil en muchas
cosas
pero a tratar bien la
lana
le ganarían muy
pocas.
Las pocas ovejas
negras
que en el rebaño
tenía,
aprovechando su lana
muchas prendas ella
hacía.
Si la lana era muy
fuerte
la tenía que cardar,
para que así preparada
mejor la pudiera
hilar.
Los ovillos blanco y
negro
al torcer siempre
juntaba
y un hilo muy
atrayente
sin teñir así
lograba.
Con cuatro agujas
hacía
los guantes y
mantones,
para librar nuestras
manos
de grietas y
sabañones.
Tuvo mi abuela
Patricia
en la cocina su
fuerte,
y sin saber muchas
cosas
asombroso don de
gentes.
Cuando algún lechazo
falló
su blanda carne nos
daba,
procurando endurecerla
con mucha maña
guisaba.
Los pocos barbos y
peces
que este pobre río
daba,
el fuerte sabor a lodo
con su guiso bien
quitaba.
De todos nuestros
mayores
buena enseñanza
tenemos,
y nunca nos
avergüencen
por
mucho que progresemos.
.