sábado, 18 de abril de 2009

LA TORMENTA













Volviendo a lo cotidiano de un labrador, que es ir a arar y venir de arar, os voy a señalar las distintas formas que había de labrar la tierra en sus distintas fases.
Cuando se acababa de “alzar”(1ª vuelta de arada) por un pago, ya había que empezar a “binar”(2ª vuelta) por otro, con lo que se cumplía el antiguo refrán que dice: - Arar sobre arado nunca fue pecado.
. En algunas zonas donde salía mucho forraje se “terciaba” (3ª vuelta) para limpiar bien la tierra y por el efecto de la lluvia, el sol y el viento adquiría reservas de oxígeno y otros minerales para la obtención de una buena cosecha al año siguiente.
Como buen labrador, mi padre siempre me decía que para marchar bien en este oficio había que hacer tres cosas, arar, arar y arar. Con su larga experiencia había observado en los que con cualquier pretexto olvidaban estas tres cosas, o se arruinaban o no salían del “perantón”.
Ya conté que las mulas tardan bastante en comer, y para que logres arar la media hectárea reglamentaria cada día, tenías que extremar los cuidados de su alimentación mezclando la cebada con alguna leguminosa arremojada, como yeros, guisantes, e incluso garbanzos cuando la inapetencia era grave. El cuidado de su boca era fundamental especialmente contra la “listera”, que como su nombre indica es una herida formada por la acumulación de las listas de la cebada, que se quitaba frotándola con un hisopo empapado en vinagre y sal.













La primavera en sus últimos días había sido propensa a nublados, por lo que la faena de alzada no se había podido rematar. Un poco preocupado por esto dije a mi padre:- “Debería intentar arar la tierra arenosa de Torramilo por avanzar la labor”. “No estaría mal”, contestó. “Pero para ararla mas fácilmente debes sacar una escuadra por el lado del mediodía y aras alrededor el trozo de barrial que tiene al lado de la peña”.
Este modo de hablar era consecuente con el horario solar en que el dicho popular decía: “a las doce es mediodía”.Esto nos indicaba la interrupción de la jornada para comer cuando el sol recorría la mitad de su ciclo y marcaba la posición del sur.
La peña indicaba el Norte, pues en esta comarca el horizonte de este punto está enmarcado por la cordillera de los Picos de Europa. Allí se encuentra una peña muy visible desde aquí por ser la más próxima. Se llama Peña Corada y coincide en esta zona con el Norte geográfico. Por este detalle, en días claros, servía para saber bastante bien la hora. Puesto en pie y mirando hacia ella se trazaba una línea imaginaria del centro de tu sombra a la peña y cuando coincidía con ella marcaba el mediodía.














Quizá con un método igual o mejor que este, los antiguos orientaron todas las torres de esta comarca de manera que cuando los rayos del sol blanqueaban su cara Oeste eran las doce solares. Este horario solar era casi obligatorio si querías aprovechar al máximo la luz del sol. En la sementera tenías que estar en las tierras, preparado para comenzar la tarea al clarear el día y por la tarde la oscuridad de la noche ponía fin a la faena.
Este armonioso orden natural se ha roto con la implantación de la hora oficial que dicen es para ahorrar energía eléctrica. Sobre este punto no lo veo muy claro pues lo que se ahorra en la primavera y verano adelantando la hora, se pierde al atrasarla en otoño e invierno donde la jornada de tarde casi se hace toda con luz artificial.
Por esta causa se dice que en Europa tienen en estudio cambiar sólo una hora para disminuir en lo posible el trastorno del ritmo biológico que estas modas modernas ocasionan.
En San Nicolás, por tener el campo cercano, se venía a comer a casa muchos días, pero cuando en el camino empleabas más de un cuarto de hora, para no malgastar energías se optaba por llevar “merienda”. De esta manera me dispuse aquella mañana, preparando las cebaderas y metiendo en un seno de las alforjas, además de la reja de repuesto, puntillas y la necesaria llave inglesa, el fardel con las viandas para todo el día. En el otro seno puse la cebada para el segundo pienso y metida entre ello la botija de vino, que como es de barro conserva tanto la frescura del grano humedecido, como la de la tierra si la tapabas en el surco más arenoso y húmedo.












El ambiente era caluroso y un bochorno sofocante. El pelo de las mulas se inundaba de sudor, que al secarse tomaba un color blanquecino.
Cuando al mediodía las quité todos los aperos se olvidaron de venir a la cebadera por revolcarse con deleite varias veces donde hubiera arena seca para empapar el sudor y que luego expulsaban al sacudirse fuertemente.
Para librarme del calor puse una manta sobre las manillas del arado y, recostado sobre el surco, di buena cuenta de la fiambrera, descansando un rato con mi espalda apoyada en la fresca tierra sacada por el arado en el surco abierto.
El día se había vuelto muy nublado, pero el sol a ratos se abría paso por entre las nubes que formaban cúmulos nimbos muy blancos por arriba y con su base teñida de un deslumbrante color de acero.
Cuando reanudé la faena, la tarde se había vuelto desapacible. Un fuerte viento levantaba nubes de polvo y barría con fuerza el reseco suelo. Las nubes aumentaban y la falta de luz acrecentaba el temor de una tormenta inminente.
Al estar estas tierras en lo más alto de la loma que separa el Sequillo y el Valderaduey, en el límite de Palencia y León, creo que contribuyó a que esta tormenta me afectara más que otras, pues dada mi posición parecía que las nubes las alcanzaba con la mano.
Viendo que la tenía encima, venirme para casa hubiese sido una temeridad. Coloqué a las mulas de espaldas al viento y yo, siguiendo los consejos de mi padre, me distancié de ellas como unos cuarenta metros previniendo la caída de algún rayo.
Sentado sobre las alforjas y tapado con las dos mantas que llevaba, me dispuse a aguantar la tormenta lo mejor posible. El sonido ronco que ella producía se fue acercando y como avanzadilla cayeron unas pocas gotas de agua gordas como uvas, que al aplastarse contra el suelo salpicaban de polvo su contorno.
Con un pequeño intervalo comenzó a caer un granizo mediano que al dar sobre las orejas de las mulas las obligaba a recogerlas hacia atrás y metían su cabeza entre las patas permaneciendo inmóviles. Los truenos se asociaban al ruido del agua y del granizo formando un eco ensordecedor.
Las nubes, que parecían bailar en el cielo, habían cogido un color como de panza burro y se intercambiaban potentes relámpagos con brillo tan fuerte que te quedaban medio ciego.
Desde mi puesto elevado podía apreciar como la nube avanzaba sobre el cauce de los dos ríos y desde largo los relámpagos parecían rayos que caían sobre la arboleda de los mismos.
La cantidad de agua que cayó fue tan grande que las dos mantas se empaparon así como mi ropa y comencé a sentir el frío contacto del agua sobre toda mi piel.
Se dice vulgarmente que el que no teme a una tormenta no teme a Dios, puede ser verdad por lo mal que se pasa al verte solo en pleno campo a merced de todos los elementos.
Cuando cesó de llover, desenganché las mulas y montando sobre una de ellas volví lentamente al pueblo. A causa de la mucha agua caída el camino estaba impracticable y los animales casi no hacían pie dando continuos resbalones.
Mi llegada a casa tranquilizó a la familia y en directo me quité la ropa empapada. Por prescripción maternal tuve que meterme en la cama para secar la humedad de la buena merluza pescada hasta la hora de la cena.
Cuando no había ninguna clase de seguros, la aparición de estas tormentas ponía a todos los pelos de punta ya que peligraba la subsistencia familiar de todo el año, y se recurría a los más extraños métodos para mitigarlas.
En Sahagún desde tiempo inmemorial, había la costumbre de tocar la campana de San Juan porque decían que tenía el poder de dispersar las nubes. El encargado de hacerlo era el sacristán, que en pago de su trabajo salía por las eras en Septiembre y casi todos le daban voluntariamente un cuarto de trigo.
Otro caso que quiero contaros, y que a los jóvenes puede parecer inverosímil, me tocó vivirlo personalmente pues en aquel momento ejercía funciones de monaguillo.
Un alcalde, que estuvo muchos años rigiendo los destinos del ayuntamiento de Moratinos y tenía buena amistad con Don Angel, tan pronto como veía indicios de tormenta avisaba a los monaguillos y al Señor cura para conjurar la nube. Revestido este con capa pluvial salíamos a la puerta exterior de la iglesia y el alcalde nos recomendaba seriamente, que como mano inocente, teníamos que coger las puntas de la capa para que la fuerza de la nube no le levantara.











De esta guisa nos enfrentábamos a la tormenta con hisopo en mano y conjuros a la nube para que pasara por donde no hiciese daño a nadie. En una ocasión recuerdo que la furia del agua, relámpagos y truenos nos hizo retroceder al interior del portal. Los dos monaguillos fieles a nuestra misión de anclaje, seguíamos aferrados a la capa del celebrante, que con redoblado empeño seguía repartiendo bendiciones con el hisopo.
El alcalde, que ejercía de técnico meteorólogo, seguía la evolución de la tormenta y cuando apreciaba que la dirección de esta o algún ramal amenazaba al pueblo, aconsejaba la repetición del rito.
Esto, bajo mi punto de vista viene a demostrar que cuando el hombre se ve en peligro se agarra a un clavo ardiendo y siente la imperiosa necesidad de confiar en algo.

3 comentarios:

nino espadas dijo...

Muy interesante su blog,además conozco la zona ,peña Corada, o peña corita, por desnuda, soy de un pueblo que se llama Morgovejo,desde el que se divisa bien dicha peña,de hecho esa foto está hecha desde el término de Torales perteneciente a Morgovejo, que linda con Velilla del río Carrión, ya en Palencia. Saludos.

Eleazar dijo...

Me interesa todo lo que escribe en su blog Modesto, asi que aqui tiene un lector que leerá todo lo que escriba pues me llama muchisimo la atención todo lo que escribe sobre la vida del agricultor en nuesta querida comarca.
Saludos

Eleazar dijo...

Se me olvidó poner el nombre,

Angel Garcia Moral.

Saludos