miércoles, 12 de octubre de 2011

MERCADOS O ESPECULACIONES

Al ponerme a escribir estas líneas me asalta la idea que este problema tan difícil está fuera de mis conocimientos.
Así pues sólo pretendo expresar unas ideas lo mejor posible, que con el paso de los años he logrado reunir.
















Según cuentan los historiadores, los primeros comerciantes prácticos que existieron fueron los fenicios. Arribaron a las costas del Mediterráneo occidental y fundaron la ciudad de Cádiz como punto estratégico tanto por dominar el Estrecho como centro desde donde expandir su influencia comercial en el litoral, donde también fundaron las ciudades de Málaga y Almería.
Sus relaciones con los iberos que habitaban ya estas tierras no debió de ser en principio muy amistosa pues cuentan que fueron perseguidos a muerte por los nativos.
Estos en su mente primitiva no podían entender que con sus nuevas teorías del trueque no producían nada y vivían a cuenta del trabajo de los demás.
Para poder entender esta postura debemos remontarnos a aquellos años en que los iberos vivían entregados a las duras faenas agrícolas para obtener su sustento con el cultivo de los cereales, olivos y vid.
Tuvo que ser un gran choque que de la noche a la mañana se presentasen unos señores que con sólo hacer el trueque de unas baratijas manufacturadas, se llevabasen los preciosos minerales de oro y plata que ya se extraían en Huelva.
Este primitivo razonamiento no deja de tener su lógica, pues a pesar de todos los pronunciamientos y necesidades modernas que se les quiera añadir, la esencia del comercio no es otra que beneficiarse de comprar a unos y vender a otros.
Este mecanismo que llevado con los debidos controles en márgenes y calidad ha contribuido en gran medida al avance de la humanidad, ha sido viciado por los especuladores que han logrado dominar los mercados para su exclusivo beneficio, sin tener en cuenta los costes de producción que son necesarios para lograr cualquier producto.
Esta manera de traficar con lo de otro se daba también a otro nivel en estos pueblos.















En uno de ellos había un señor que con un carro destartalado, tirado por una mula famélica, se plantaba en las huertas de Sahagún en la época de las lechugas y, como haciendo un favor a los hortelanos, llenaba el carro de ellas, pagándoselas a peseta la unidad.
Emprendía la marcha por la carretera de Saldaña y cuando llegaba a San Nicolás ya vendía la lechuga a dos pesetas, en Moratinos a tres pesetas, en Terradillos a cuatro y subiéndolas en esta proporción hasta llegar a Saldaña.
Si este especulador en pequeño ya sabía sacar partido con las lechugas que el pobre hortelano trabajaba en su huerta, no nos podemos extrañar que las grandes cadenas de distribución tengan un control férreo sobre los precios que manejan a su antojo.
Les tiene sin cuidado que los medios informativos de cualquier clase publiquen los precios de compra en origen y a cómo ellos los venden.
En la mayoría tienen márgenes de ganancia escandalosos, llegando a subir algunos el mil por ciento.
Este escandaloso abuso podría regularlo el Estado para que cada parte subiera su margen correspondiente, pero con la nefasta moda del comercio libre no hace nada para corregirlo. A demás de esto prohibe que cualquier productor pueda vender sus productos directamente al público no siendo en los mercados tradicionales que se están terminando en muchos lugares.
Como apoyo a esto os contaré el calvario que sufrió en Barcelona un amigo ganadero de esta zona.

















Por los años cuarenta y cincuenta la carne de lechazo era un lujo y se vendía poco. Resultaba mejor dejar las crías que llegaran a corderos y aprovechasen bien la espiga de la rastrojera con la que ponían más kilos de carne.
A primeros de noviembre era la fecha critica de venderlos, pues con la salida en celo de las ovejas ya casi no se les podía soltar con la totalidad del rebaño, pues las luchas por aparearse eran continuas y tan fuertes que se producía alguna baja.
Hubo un año que bajó la cotización de esta carne y tuvimos dificultades para venderlos antes de que se metiera el invierno, pues criarlos con pienso resultaba caro.
En vista de ello mi amigo, que tenía hermanos en Barcelona, se enteró del buen precio que pagaban a los corderos en el matadero municipal.
Ni corto ni perezoso alquiló un camión y allá se fue con ellos. Cuando llegó no pudo venderlos directamente pues todas las reses sacrificadas tienen que pasar por una endiablada maraña de entradores, asentadores, mayoristas y minoristas, que con sus buenas comisiones rebajaron tanto el precio, que si no quería volver para acá con ellos tuvo que dárselos a como quisieron pagárselos.

Después de pasar muchos contratiempos con los gastos del trasporte y demás zarandajas casi no cubrió gastos de esta valiente aventura.
Para mí esto del mercado libre no es más que un camelo, pues de verdad sería libre si todos sus componentes tuvieran las mismas oportunidades de competir, cosa imposible de conseguir pues la potencia económica y la ubicación de los mercados es siempre diferente.
Los que ya peinamos muchas canas hemos tenido la ocasión de comparar el mercado libre actual con el controlado que existió durante la dictadura de Franco.
Entonces el labrador cuando sembraba sabía el precio a que iba a vender su cosecha y su entrega asegurada en el Servicio Nacional del Trigo. También para los demás productos agrícolas se respetaban los contratos firmados con las fabricas que el Estado avalaba en todos los casos.
A pesar de que entonces no existía la PAC, el Estado daba estímulos para que los secanos se convirtieran en regadíos abriendo pozos o la roturación de terrenos baldíos, cuyas producciones de remolacha y cereales se pagaban a doble precio.
Aunque las comparaciones son odiosas, puedo asegurar que aquella época del mercado intervenido contribuyó al progreso de España tanto o más que esta de libre mercado que estamos padeciendo.













Desde los antiguos fenicios esto del comercio se ha complicado de tal manera que las instituciones como la Bolsa, los Bancos y las agencias de calificación, que parecen imprescindibles para el normal desarrollo de cualquier nación, han caído en manos de los especuladores internacionales, que se camuflan con el nombre genérico de los mercados.
Si no se toman pronto medidas serias para cortar su influencia, se puede decir que son los que mandarán, si no lo están haciendo ya, en el mundo, pues pueden arruinar a la nación que quieran por poderosa que sea.

1 comentario:

Maripaz Brugos dijo...

Modesto, me gusta el aire nuevo que has dado a tu blog. Los temas son muy interesantes.
Ha sido un maravilloso placer poder abrazaros a Raquel y a ti.
Mil gracias por las uvas, los tomates, y vuestro cariño inmenso.