martes, 6 de enero de 2015

INTERESES Y “NIDOS”




Estas dos palabras, que parece que no tienen relación alguna a simple vista, en la pura realidad si lo tuvieron allá por los años de nuestra posguerra civil.
Con ocasión de comentar en el banco el poco interés que pueden pagar por el dinero, y que puede estar cerca el día que tengamos que pagar por tenerlo seguro en los bancos, me vino a la memoria las fatigas que tuvieron que pasar los que no confiaban en los bancos y querían tener su dinero en lugar seguro.
No todos los de entonces éramos tan radicales y los bancos empezaron a administrar la mayoría de capitales y pagaban más intereses que ahora pero no faltaron quien creían tenerlo más seguro bajo la baldosa y otros muchos sitios más inverosímiles.


Al año de acabar la guerra, como el dinero de los vencidos no tenía validez, hubo una escasez de moneda circulante.
Para amortiguar esto se dio la orden que todos los billetes antiguos tenían que pasar por las delegaciones del Banco de España para ponerles un sello.


Esta operación se llamaba estampillar y servía para que los billetes antiguos tuvieran validez por unos años, hasta que poco a poco se fueran cambiando por la nueva moneda.
Excuso deciros el esfuerzo que tuvieron que hacer los de la baldosa para sacar del escondite su dinero y llevando a estampillar al banco, pues si no perdía su valor.
Debo confesar que alguno lo supo hacer con el mayor sigilo valiéndose de amistades y gente ducha en estos menesteres que les ofrecieron la mayor confianza.
Una vez cambiado por billetes legales volvieron al escondite que en habla coloquial empezó a llamarse “nido”.
Ahora van algunas historias con "nidos"

Érase una vez un hombre sin hijos que tenía varios sobrinos esperando la herencia, mas he aquí que uno de ellos logró enterarse donde tenía el nido su tío.
Con el mismo sigilo y sagacidad que había empleado para hacerse con el secreto, fue vendiendo su casa, labranza y tierras. 
Después de la muerte de su tío en una noche- madrugada, para evitar enfrentamientos, se llevó en un camión junto con el contenido del nido los muebles de su casa para vivir en un pueblo que en principio nadie sabía donde estaba. Como el tiempo todo lo calma pasados unos años, disfruta de la vida en su nueva residencia.

Un nuevo caso se dio también pero este más sangrante, pues se trataba de un padre con un solo hijo, que por desavenencias familiares tuvieron que vivir separados. Al anciano padre un día le dio una parálisis cerebral cuando estaba distante de su casa y hubo que llevarle de urgencia a la casa de un familiar.
Como no podía hablar, por señas quería decir a su hijo dónde había guardado el dinero, haciendo círculos con la mano e indicando con el dedo hacía arriba.
Por querer acompañar a su padre lo más posible, cuando fue a su casa la encontró totalmente registrada con el contenido de los armarios esparcidos por el suelo, pero sin rastro del nido que su padre le quería indicar.
Se supone que algún familiar enterado del asunto se adelantó y se lo apropió. El hijo por más que revolvió toda la casa no encontró nada. Siguiendo las señas de su padre desmontó todo el tejado sin resultados positivos y aprovechando el destrozo causado modernizó toda la estructura de la casa.

Otro caso se dio, pero muy diferente a estos, de una madre que tenía una sola hija y varios hijos. Pensando en beneficiar a esta, bajo el forro de los bolsos que antes llevaban las mujeres a modo de las modernas mariconeras debajo del delantal, fue juntando en billetes de mil pesetas una buena cantidad.
Al morir esta, según la costumbre casi sagrada de llevar cada sexo la ropa de sus progenitores, se dio cuenta del nido que su madre había preparado para ella.
Mas he aquí que en un alarde de generosidad poco común se lo mostró a sus hermanos.

Esto nos demuestra la existencia de todo en la viña del Señor, y que el mundo siempre será así, a pesar de las vueltas que queramos darle.


Más vale que no llegue el día mentado al principio, en que tengamos que pagar el dinero en el banco. Si fuera así tal vez alguno se viera tentado a guardarlo en el nido más sofisticado posible, pues la historia tiende a repetirse.
Que los casos descritos sirvan de freno, especialmente a los que vivimos en pueblos pequeños que al estar desprotegidos por la mucha gente de las grandes ciudades y de cualquier otro apoyo individual, sería una verdadera temeridad servir de presa a cualquier malhechor que aprovechara en su beneficio esta oportunidad.                           

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