domingo, 3 de junio de 2012

LA HIGUERA

  Si me he animado a escribir algo sobre este frutal ha sido por lo gran desconocido que es para la gente joven, incluso de aquí, y no digamos nada de los que toda su vida la pasaron en las ciudades.
Se cree que este árbol tan rústico se extendió por la cuenca del Mediterráneo procedente de Oriente Próximo.



 Es poco exigente en cuanto al terreno, pues se adapta a terrenos muy pobres, formando parte de la flora silvestre, que espontáneamente crece sin ningún cuidado.



 Su cultivo se tiene por ser uno de los primeros que el hombre aprovechó, anterior incluso al del trigo.
En esta amplia zona de Castilla su plantación formaba parte de una tradición, pues no había corral labrador que no tuviera uno o dos ejemplares.
 Para no estorbar el paso de carros y ganados siempre se les ponía junto a la pared de adobe orientados al mediodía, para que en el verano proyectaran su sombra refrescante por el olor muy particular que tienen, entre picante y dulce, que sus hojas y frutos desprenden.
La época del cemento en la que nos encontramos no es nada propicia para que sus fuertes raíces se expandan en todas las direcciones buscando nutrientes, y en especial el agua que trata de alcanzar con verdadero deleite.
Esta inclinación ha sido la causa de su desaparición en muchos casos, pues si tenían un pozo cerca impregnaban el agua con su sabor característico.
También, si alcanzaban alguna habitación de la vivienda, buscaban la humedad debajo de las baldosas, que estaban asentadas sin cemento sobre la tierra, levantando todo lo que estuviera apoyado sobre ella.
La higuera tiene una particularidad que la diferencia de los demás frutales, por dar dos frutos perfectamente diferenciados.










 Cuando empieza a brotar en primavera, al fruto que sale junto a los primeros tallos se les llama brevas. Los que salen más tarde en el arranque de sus hojas se les llama higos. De esto proviene el dicho popular conocido de que este árbol da “cada brote una breva y cada hoja un higo”

Ambos son, más que un fruto, una infrutescencia como son también las moras y las fresas. Sus flores son unisexuales y no se las ve por encontrarse en la superficie interna del receptáculo, convirtiéndose en semillitas envueltas en un cuerpo carnoso blando y dulce.
Son muy numerosas las clases de este árbol, algunas bravías que no dan fruto. En esta zona la más corriente es la llamada higuera breval, que da brevas e higos y en otras zonas se da la higuera común que sólo da higos. Ambos se diferencian también por su carne de diferente color, que pueden ser blanquecinos, rosados o morados.




En este clima tan severo que tenemos las brevas, al brotar temprano, muchos años se hielan. Por el contrario los higos, si no se desarrollan normalmente y tardan en madurar, pueden ser alcanzados por las primeras heladas del otoño, que cortan su ciclo.

Como se ve este frutal, que esta bastante bien aclimatado en esta zona, se desarrolla mejor en climas más templados de donde es original.
Las cuatro higueras que tengo en mi huerto tienen una ventaja no pequeña pues no les ataca ninguna enfermedad. El fuerte olor que desprenden sus hojas es un antiséptico natural que evita sulfatarlos como hay que hacer con toda clase de frutales si quieres lograr su fruta. También estas hojas cortadas en verde servían como esterilizante mezcladas con las lentejas y demás legumbres caseras evitando que les saliera el temible coco.
En las excursiones que hemos hecho por Andalucía se veía salir de mañana a mucha gente a recoger los higos en las higueras campestres. Al mediodía regresaban con un buen saco de higos encima de su cabalgadura.
Como en esa temporada abunda en exceso la producción se procura conservarlos poniéndols al sol para que suelten el agua que contienen. Con un pequeño aditivo se conservan todo el año teniendo el higo seco un buen mercado.


 Este fruto en fresco contiene setenta calorías por cada cien gramos que al secarse aumenta considerablemente, siendo muy recomendados para los deportistas que tienen un gran desgaste físico.
Se comercializan de dos maneras, los de primera clase vienen cuidadosamente colocados en cajones de madera. Creo que de esto se deriva la frase que dice: "Es de cajón como los higos” que indica que está fuera de toda duda lo que se discute.
Toda la demás producción en saquetes de yute que les trasmite algún que otro pelo, pero los conserva muy bien.
Las cantinas de nuestros pueblos de aquellos tiempos los vendían muy bien pues resultaban baratos.
Un buen plato de ellos y un porrón de vino con gaseosa era lo que se jugaba normalmente en las partidas de cartas, diversión casi obligada en estos pueblos, donde todavía no se tenía luz eléctrica.
Con el juego diario había verdaderos maestros del juego de la brisca, que competían en ocasiones con los de otros pueblos limítrofes.
Cuando ahora puedo compartir los muchos años que tenían, me maravilla la prodigiosa memoria que usaban para retener las jugadas y tantos de la partida, y una endiablada estrategia para confundir o engañar al contrario.
A pesar de esto no tenían reparo de jugar con nosotros, pobres adolescentes a los que con mucha paciencia nos enseñaban lo fundamental del juego.
Que estas líneas sean para todos ellos un sincero y agradecido recuerdo

2 comentarios:

studium dijo...

Traime igos.

avelina dijo...

Muy bien explicado, padre. Así se lo contaré a mis alumnos.
Besos Avelina