viernes, 11 de noviembre de 2011

LA FIESTA DE LA MACHORRA





















Como muchos no entenderán esta palabra empezaré por explicar su significado y luego recordaré la gran tradición que existía en muchos pueblos de esta comarca por celebrar, a cual mejor, esta celebración.
El aprovechamiento de las hierbas y rastrojeras del campo fue siempre un complemento importante en toda explotación agrícola, a tal punto que no había pueblo que no tuviera varios rebaños de ovejas.












Como estos animales, normalmente, no se reproducen más que con una cría al año, es fundamental para la conservación del rebaño que haya los menos fallos posibles en la fertilidad de las hembras.
Este fallo, relativamente pequeño en el porcentaje del rebaño, es el que daba el nombre de machorra a la oveja que no podía parir un cordero y tenía que ser desechada.
Para no hacerlo precipitadamente, el buen ganadero esperaba al menos dos años para estar seguro de esta anomalía, tiempo en que la oveja, al no perder reservas con la cría, engordaba más que las demás, circunstancia que se aprovechaba para sacrificarla con óptimos rendimientos cárnicos para su consumo en la fiesta de la machorra.
Con cuanta añoranza me vienen a la memoria los recuerdos de mi adolescencia, pues desde muy antiguo se celebró en San Nicolás esta fiesta mitad pagana y mitad cristiana.

En la noche del Día de Todos los Santos se tocaban las campanas, como víspera de la conmemoración de los difuntos, muy recordados en aquellos tiempos.
La víspera se reunían los mozos para comprar una o dos ovejas que se mataba para que estuviese preparada para el día siguiente. Como pretexto para esta reunión se guisaban y comían como aperitivo los menudos de la oveja que eran la asadura, callos y patas.
La tarde del Día de Todos los Santos se la partía en trozos y se reservaba como un kilo del cuarto trasero, lo más cercano al rabo por lo que se llamaba “la raba". Dos mozos, en nombre de los demás, ofrecían al Sr cura este obsequio, como tributo o permiso para tocar las campanas durante la noche.
En esta ceremonia era cuando se pagaba la cuartilla, “la cuarta parte de un cántaro de vino” equivalente a cuatro litros. Pagué esta patente, junto a otros jóvenes de 16 y 17 años, para ser admitido entre los mozos del pueblo, con sus derechos y obligaciones.
Uno de los derechos era el de poder participar en lo que pagaba el padrino de boda, si la novia era del pueblo y el novio forastero, “por llevar la moza.”





















Como obligaciones principales de todo mozo era pagar a escote lo que cobraban los tamboriteros el día de la fiesta y llevarlos a comer por turno a sus casas.
Como novatada, los mozos entrantes tenían que ser ayudantes de los mayores, proveyendo de leña y los ingredientes, fregando al final los cacharros.
Se guisaba la carne en dos grandes cazuelas; y coincidía que los dos mozos que se encargaban de la preparación habían sido en la guerra cocineros. Doy fe de que habían aprendido bien el oficio, pues el guiso resultaba muy bueno.
Las mozas daban una vuelta por curiosidad y probaban el plato, y casi siempre se extrañaban de lo bien que lo hacían los mozos, pues en aquella época los hombres no cocinaban.
Estas dos cazuelas se colocaban sobre una mesa alargada y rodeada de bancos, en los que nos sentábamos; y, alargando la mano con el cubierto, pinchábamos las tajadas. Para llevar algún orden y que nadie abusara mientras se bebía, uno de los mayores ponía un trozo de pan dentro de la cazuela, lo que indicaba que se declaraba coto.
Si algún desaprensivo se aventuraba a seguir comiendo, una lluvia de cubiertos caía sobre su mano, además de la reprobación general. Una vez que se había bebido con tranquilidad, se quitaba el trozo de pan y se seguía comiendo.
Terminada de comer las primeras cazuelas, los novatos se encargaban de fregarlas, para guisar las segundas, que solían comerse a la media noche. Para matar el tiempo, unos jugaban a las cartas, otros contaban chistes y otros tocaban las campanas cada cierto tiempo.
Ya casi amaneciendo nos retirábamos a descansar a casa, pues al día siguiente no era festivo y había que trabajar.
En Moratinos también por aquellos años me han dicho que se celebraba esta fiesta con alguna pequeña variante.













Era tradición consumir un licor perfumado que se llamaba “membrillada”que procedía de la cocción de los membrillos para obtener su exquisito dulce casero tan apreciado. En estas fiestas de los santos coincidían con la recolección de estos frutos, que el tibio sol del otoño ponía a punto en su maduración. Esta es tan prolongada como los años de vida del árbol que los produce.
En los antiguos huertos familiares no podían faltar los viejos membrillos que algunos decían tener cien años. Es tal la fuerza y rusticidad de sus raíces que en algunos viveros se la usa como pie franco, donde se injertan toda clase de frutales con excelentes resultados.
También es muy decorativo, pues sobre el verde intenso de sus hojas destaca el color amarillo puro de sus frutos.
Pero volvamos a nuestra tradición, que con el paso de los años y la pérdida de juventud debido a la emigración, poco a poco fue languideciendo y terminó por no celebrarse.
Mas he aquí que el año pasado con muy buen criterio, dos entusiastas de Moratinos quisieron rehabilitarla, y con el apoyo unánime de todos se logró una fiesta muy animada que a todos nos gustó.
No importó que el tiempo estuviera desapacible, pues con unos plásticos se cubrieron los vanos del pórtico de la iglesia, que se convirtió en un amplio comedor, donde disfrutamos de la carne bien cocinada de una machorra, con varios complementos de postres, tartas y licores, que voluntariamente aportamos.














Como guardábamos un buen recuerdo, este año con el pretexto de celebrar la jubilación Manolo y Eduardo y sus quintas Leandra y Marina que pasan temporadas con nosotros, quisieron sumarse a la celebración, asumiendo la parte económica del gasto.
Este año tuvimos mejor suerte que el pasado, pues el Día de Todos los Santos estuvo espléndido por lo que en medio de la plaza se montó una mesa para unos cincuenta comensales.


























Esta gran concurrencia se debió a los que trabajan fuera y vienen estos días a visitar las tumbas de sus mayores pasando unos días con sus familiares.
¡Que sensación tan agradable se siente al saludar a todos los conocidos, que aunque sea por poco tiempo aumenta nuestro mermado censo de habitantes cotidianos y ver al pueblo rebosante de vida, como los mayores muchas veces lo recordamos con nostalgia!
Para no tener que comprar tanto plato desechable cada uno llevamos nuestro plato y cubierto. Se sirvió primero un abundante plato de carne con patatas, que me hizo recordar a los que antes se tomaban para desayunar en el tiempo de sementera.
Como habían preparado cuatro buenas perolas pudo repetir todo el que quiso. De segundo se puso chuletas a la plancha, hechas en la misma plaza, que resultaron muy buenas, pues habían tenido dos días de maceración.
Para que no faltara ningún detalle también se sirvió escarola y fruta para el postre. La repostería fue muy rica y variada según el gusto y arte de las vecinas que llevaron sus tartas de excelente calidad. Al final no falto el café y chupitos de diferentes licores.





















Como véis un convite en toda regla, que gustó mucho a los que por primera vez participaron, en especial a nuestros vecinos Daniel y Martina. Bruno participó además con una rica tarta de estilo italiano.
Esta comparación que he hecho de las dos fiestas, la de antes es un fiel reflejo del nivel de vida que entonces había, y que felizmente ha cambiado ahora en todos los órdenes de la vida.
Pero lo que se muestra inalterable en el tiempo es la innata necesidad que el hombre tiene de comunicarse con sus semejantes.

1 comentario:

Maripaz Brugos dijo...

Modesto, que maravilla!!
Me apasiona venir a visitarte, es como hacer un viaje al pasado y revivir costumbres que seguro mis abuelos tambien como tu vivieron.
Además lo explicas tan bien y lo ilustras con esas entrañables fotografias, que paso un rato maravilloso leyendote.
Muchos besos para Raquel y para ti