domingo, 18 de abril de 2010

PERSONAJES PECULIARES DE MI JUVENTUD

En honor de varios personajes típicos de mi pueblo que conoci en mi juventud, compuse estos poemas.




EL TÍO VÍCTOR





















En San Nicolás, de siempre
el tío Víctor fue el herrero,
profesión que por desgracia
estos pueblos ya perdieron.

A todo el pueblo atendía
por una pequeña “iguala”
y con suerte diferente
algunos hierros pegaba.


En esto de hacer romanas
muy pocos se le igualaban
y sus precisos trabajos
de mucha fama gozaban.


Con sus limas y punteros
las romanas trabajaba
y con tesón y pericia
muy brillantes las dejaba.


En la escuela bien recuerdo
que junto a la fragua estaba
el chirrido de la lima
que muy claro se escuchaba.


Por una cara los kilos
y en la otra las arrobas
que dividía en libras
con sus cuarterones y onzas.


La romana de platillo
cosas pequeñas pesaba,
las mayores por arrobas
hasta las veinte pesaban.


“Alparzando” con vecino
un par de burras juntaban
que si una burra es bastante
con dos se le rebelaban.


De labrador no entendía
por mucho que se esforzara
y aunque de herrero ejercía
su afición fue la romana.


Montado sobre su burra
en las alforjas metía
toda clase de romanas
que por los pueblos vendía.


























EL TÍO JULIÁN







En mi pueblo hubo un pastor
que tío Julián se llamaba
y guardando las ovejas
muy pocos le aventajaban.

Tapado con su capucha
y estribado en su cachaba
cuidando bien su rebaño
en la era apacentaba.

Prisa alguna no tenía
y a encerrar siempre aguardaba
que el relente de la noche
en escarcha se formara.

En corral junto a mi casa
las ovejas guarecía
jugando con los corderos
buenos ratos yo tenía.

Corriendo tras uno de ellos
en la laguna caí
y la doma de su cacha
en mi cuello yo sentí.

Gran herramienta la cacha
que para mucho servía
lo mismo para estribarse
o atrapar al que corría.

Nunca llevó más de un perro
pero muy bien entrenado
pues decía que dos juntos
no daban buen resultado.

Las mordidas de los perros
con mucho oficio curaba:
lo mismo sanaba un ojo
que entablillaba una pata.

Matías, un hijo suyo,
en nuestra casa ejerció
de pastor, como su padre
que muy pronto le enseñó.

Cuando ambos acudían
a atender algún mal parto
tomaban fuerte aguardiente
para matar el gusano.

Si el aguardiente era flojo
y su raspar no sentían
de bautizar con estola
culpaban al que vendía.

Como muchos de aquel tiempo
la muerte le sorprendió
con una cacha en la mano
de la que siempre vivió.




1 comentario:

Maripaz Brugos dijo...

Modesto, es un placer leerte.

Da gusto conocer de la mano de tu poesia, tantos personajes y oficios que habia en tu epóca.

Un fuerte abrazo para ti y para Raquel